martes, 21 de octubre de 2008

ELLA Y ÉL

Ella escondía en su alma una gran congoja,
tenía los ojos ya ajados de llanto,
porque la muerte con su acero feroz,
la despojó una tarde de Diciembre de su amor.

El recorría formal sus días especulando,
el mejor modo de terminar la jornada,
sin que sus mil dificultades de subsistencia,
le quitarán definitivamente la sonrisa.

Ella se refugiaba en su pequeña ciudad,
que parecía salida de un cuento.
Envuelta en montes y valles mágicos,
que arrullaban suave su tristeza.

El se desplazaba por una gran capital,
donde sonido y soledad estaban unidos,
y la amarga labor de sentir crecer el hastío,
era cosa de todos los días.

Ella alguna vez dio a luz una bandada de pájaros,
envueltos en exquisitos poemas de amor.
Pero la escarcha de la pena los envolvió con su nieve.
Su vuelo quedó trunco y se acalló su trino .

El se nutría a diario del pan de la amargura,
de creer que ya nada tenía sentido.
Solo apetecía que al desplomar su cabeza en la almohada,
el sueño aquietará esas preguntas que no tenían respuestas.

Ella levantaba sus ojos al cielo preguntando,
si el sufrimiento que hería su alma y su cuerpo,
hasta dejarla sin respiro ni energía,
tendría final o terminaría con ella sin misericordia.

El buscaba la raíz de tanta inquietud y desvelo,
que lo hacia sentir que cada paso que daba,
en su camino al futuro que parecía tan promisorio,
le arrancaba a dentelladas pedazos de su espíritu.

Una noche de un feroz invierno conmovido la descubrió,
oculta entre las sombras, muy lejos.
Sin entender el porque encendió el faro de sus días,
tratando que ella desde su mundo lo advirtiera.

Ella percibió la luz y su corazón que apenas latía,
sintió por primera vez en considerable tiempo,
que un tibio fulgor aún ardía muy dentro suyo,
y lo dejó penetrar en su vida.

El extendió su mano algo nervioso y la arrulló.
Ella se inclinó dejando caer suave su cabeza sobre ese pecho fuerte.
El le sonrió pronunciando unas amables palabras de aliento,
que la hicieron despertar de su pesadilla de manera prodigiosa.

Desde ese momento recorren muy juntos la vida,
a pesar de lo mucho que puede o pretende alejarlos.
Dejaron que sus alas los transportarán por cielos nuevos,
mientras aprenden que tiempo y distancia son solo dos palabras.

Les brotaron besos y caricias de puro fuego,
promesas de un amor que juran será perpetuo.
Ella recobro la voz rimada de sus primeros versos,
él la sonrisa y la paz que creía para siempre extraviadas.


1 comentarios:

Marta dijo...

hermosa historia de amor, amiga qué sana envidia te tengo, largo poema de un corto período, pero intenso